A mediados de julio, después de terminar el proyecto en la oficina, me tomé el fin de semana libre y me escapé a Máncora. Me escapé, literalmente, pues en cuanto estuve dos o tres horas en este pequeño y acogedor pueblo, me olvidé por completo de las tensiones previas.
Desde que visité Máncora por primera vez el 2007, he venido a refugiarme en sus playas cada vez que he necesitado un respiro. La calidez de su mar, la frescura de su comida, su paisaje, las comodidades de los alojamientos, la música, los bares para un trago y una buena conversación, las discotecas para la diversión despreocupada. Máncora es un destino increíble. Es como estar en el Caribe pero a precio de liquidación.